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España

Defender a España hoy es producir nuestra propia luz para no arrodillarnos ante el extranjero.

Foto: IA basándose en los recursos de España

El verdadero patriotismo en el siglo XXI no se demuestra solo en los discursos, sino logrando que ningún país extranjero pueda apagar nuestras fábricas, arruinar a nuestros agricultores o decidir cuánto cuesta calentar un hogar español. Hoy tenemos un problema enorme de soberanía nacional. Según los datos oficiales de la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos, España sigue comprando fuera más del 65% de la energía primaria que necesita para funcionar. Dicho de forma sencilla: dos de cada tres partes de la energía que mueve nuestros camiones, tractores e industrias vienen en barcos o tuberías desde otros países. Y cuando dependes de fuera para vivir, cualquier guerra o tensión internacional la acabas pagando tú.

Para entender por qué España necesita ser autosuficiente ya mismo, basta con mirar cómo funcionan los tres grandes focos de tensión que rodean nuestro suministro y cómo nos afectan al bolsillo sin que hayamos disparado un solo tiro.

El primer foco está en Oriente Medio, en el estrecho de Ormuz. Ese paso marítimo es un cuello de botella estrechísimo por donde cruzan cada día los barcos que transportan el 20% de todo el petróleo del mundo y una parte gigantesca del gas natural licuado, como recogen los informes de rutas marítimas de la Agencia Internacional de la Energía. Aunque España no compre todo su petróleo allí, el mercado de la energía funciona como una subasta mundial. Cada vez que hay una escalada bélica en Ormuz y el tráfico de petroleros se frena o se encarecen los seguros de los barcos, los países asiáticos y europeos salen a pujar desesperados por el combustible que queda libre en el resto del mundo. El resultado es automático: sube el gasoil del transportista español, sube el abono del campo y sube la cesta de la compra.

El segundo foco son los paquetes de restricciones y sanciones a Rusia. Antes del conflicto en Ucrania, Europa recibía gas ruso barato por tubería. Al cortarse esa vía y aplicarse las sucesivas rondas de sanciones al crudo y al gas, toda la Unión Europea se ha lanzado a comprar gas licuado transportado en barcos metaneros desde Estados Unidos, Catar o donde lo haya disponible. Eso ha multiplicado el coste de traer energía a nuestras costas. España tiene un tercio de todas las plantas regasificadoras de Europa, pero llenar esos barcos en un mercado en guerra comercial sale carísimo y nos resta competitividad frente a potencias que sí tienen recursos propios.

El tercer foco es el más delicado porque lo tenemos en la puerta de casa: la rivalidad histórica entre Marruecos y Argelia. Son dos países vecinos enfrentados entre sí, con intereses chocantes, y España está justo en medio. Los análisis estratégicos del Real Instituto Elcano y los datos de red de Enagás explican muy bien este equilibrio tan frágil. Argelia es nuestro proveedor natural de gas porque tiene reservas enormes y nos une un tubo directo bajo el mar (el gasoducto Medgaz). Pero su enfrentamiento con Rabat llevó en 2021 a que cerraran el otro gran tubo que traía gas a España pasando por suelo marroquí. Desde entonces, cualquier movimiento diplomático de España hacia un lado provoca la reacción del otro. Si nos acercamos a Marruecos, Argelia reduce el envío de gas o nos sube los precios. Si buscamos asegurar el gas de Argelia, nos encontramos con la presión fronteriza de Marruecos, donde el descontrol de las entradas ilegales de personas hacia Ceuta, Melilla o Canarias funciona en la práctica como una palanca de desgaste político. Un país fuerte que quiere crecer no puede vivir atrapado en el pleito de dos vecinos ni depender de ellos para mantener encendida su economía.

Por eso la independencia energética es una cuestión de puro patriotismo. Y para conseguirla hay que romper una trampa absurda que divide a los españoles. Nos han hecho creer que apoyar las energías renovables es darle la razón a la agenda climática de Bruselas que ahoga al campo, y que por tanto un patriota debe estar en contra de las placas solares o los molinos. Eso es un error histórico gravísimo.

Las renovables no las inventaron los burócratas europeos; son la primera energía que usaron nuestros antepasados y forman parte de la herencia de España. Durante siglos fuimos una potencia gracias a los molinos de viento que molían el trigo en La Mancha, a los molinos hidráulicos y las acequias que hicieron fértiles nuestras huertas y, ya en el siglo XX, a la gigantesca obra nacional de pantanos y saltos de agua que llevó la luz y la industria a cada rincón del país. Renegamos de nuestra historia si despreciamos el sol y el viento que tenemos en nuestra tierra. Lo patriótico es usar toda la fuerza de nuestra naturaleza para no pagarle ni un euro al extranjero.

Quien mejor ha entendido esto en el mundo es China. Hoy el gigante asiático instala más paneles solares y eólicos que el resto del planeta junto y, al mismo tiempo, está construyendo decenas de centrales nucleares nuevas, según confirman la IEA en su balance sobre China y la World Nuclear Association. China no hace esto por ecologismo ni por quedar bien con nadie. Como detallan los estudios de defensa del Center for Strategic and International Studies, Pekín lo hace para blindarse ante una posible guerra o un bloqueo naval en el mar. Saben que si un día les cortan el paso a los barcos de petróleo, su país no se vendrá abajo porque tendrán energía propia de sobra para seguir creciendo y negociar desde una posición de fuerza.

España tiene todo para hacer exactamente lo mismo combinando nuestras renovables con la energía nuclear. Los datos anuales de Red Eléctrica de España muestran que el sol, el viento y el agua ya generan más del 50% de nuestra electricidad a un coste de producción bajísimo. El problema técnico es muy fácil de entender: por la noche no hay sol y cuando entra un anticiclón en invierno nos pasamos semanas sin viento.

Para que el país no se apague en esas horas sin depender del gas extranjero, necesitamos nuestras centrales nucleares. Como recoge el Foro Nuclear, nuestros siete reactores producen el 20% de toda la electricidad de España funcionando sin parar día y noche más del 90% del año. Cerrarlos entre 2027 y 2035, como está firmado hoy, es un suicidio económico que nos obligaría a quemar muchísimo más gas importado cada noche. Además, España guarda un tesoro bajo tierra que pocos conocen: tenemos en Salamanca las mayores reservas de uranio de toda la Unión Europea. Mientras el gas te obliga a que lleguen barcos todas las semanas, el uranio permite guardar combustible dentro de la central para cuatro o cinco años seguidos. Si quitamos la prohibición política que hoy impide extraer nuestro propio uranio, tendríamos energía firme y 100% española durante décadas.

Ahora bien, ¿por qué si ya producimos tanta energía renovable y nuclear en España seguimos pagando una factura de la luz carísima que empobrece a las familias? La respuesta está en cómo nos la cuelan con las reglas del mercado eléctrico, cuyos datos son públicos en el Operador del Mercado Ibérico de Energía y en el portal ESIOS de Red Eléctrica.

Funciona así: a las dos de la tarde, con todo el sol pegando en España, sobra tanta electricidad que su precio en el mercado mayorista baja a cero euros. En ese momento, las grandes compañías exportan esa energía regalada a Francia, Portugal y Marruecos a través de los cables fronterizos. Pero los costes de montar toda esa red en España los pagamos nosotros en los cargos fijos del recibo. Luego llega la noche, los españoles encendemos la luz y la calefacción en casa, ya no hay sol y entran a funcionar las centrales de gas. Como la ley europea dice que la última tecnología que entra marca el precio de todas las demás, el gas carísimo hace que a las nueve de la noche paguemos toda la electricidad a precio de oro, por encima de los cien euros el megavatio.

A eso se suman dos cobros más que vacían nuestro bolsillo. Primero, como se han puesto millones de placas sin construir antes embalses de bombeo para guardar la energía que sobra al mediodía, Red Eléctrica tiene que pagar miles de millones al año a las centrales de gas en los llamados servicios de ajuste solo para que estén listas por si baja el sol de golpe, y ese gasto nos lo meten directo en la factura. Segundo, como reflejan los informes de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, casi la mitad de lo que paga una familia en su recibo son impuestos, peajes y recargos políticos. Es decir, los españoles financiamos las infraestructuras y los impuestos, pero el beneficio de la energía barata se lo llevan las eléctricas y los países de fuera.

La trampa del recibo de la luz empieza por una ley física: cada segundo debe producirse exactamente la misma electricidad que se consume para evitar un apagón general. Al instalar millones de placas solares sin construir antes centrales hidroeléctricas de bombeo (dos pantanos a distinta altura que usan la luz sobrante y gratuita de las 14:00 horas para subir agua y soltarla por las turbinas al anochecer), la red sufre un desajuste diario. Al mediodía sobra tanta energía solar que el precio mayorista cae a 0 €/MWh, pero en cuanto pasa un frente de nubes o cae la tarde, la producción se desploma de golpe.

Para que el país no se quede a oscuras en esos bajones, Red Eléctrica obliga a las centrales térmicas de gas a permanecer encendidas de guardia todo el día. Las eléctricas cobran por esa disponibilidad miles de millones de euros anuales mediante los llamados servicios de ajuste y restricciones técnicas, un sobrecoste que se carga directo al consumidor. A esto se suma que cerca del 50% de la factura no es consumo real: se va en peajes (pago de torres y cables de alta tensión), cargos políticos (subvenciones antiguas a renovables y deuda del sistema), el Impuesto Especial sobre la Electricidad y un 21% de IVA que grava impuestos sobre impuestos.

El negocio acaba siendo redondo para terceros a costa del bolsillo nacional. Las familias y pymes españolas financian con sus peajes, impuestos y recargos toda la red de cables, las subvenciones de las placas y las centrales de gas de guardia. Sin embargo, cuando al mediodía esa red produce luz a 0 €, las eléctricas la exportan a precio de saldo a Francia, Portugal y Marruecos. Al llegar la noche y encender el interruptor en casa, nuestra energía barata ya se ha vendido fuera y toca pagarla a más de 100 €/MWh a precio de gas extranjero.

Si queremos una España fuerte que crezca y no dependa de nadie ante las crisis que vienen, el camino está claro: mantener abiertas nuestras centrales nucleares sacando el uranio de nuestro suelo, construir presas de bombeo como hicimos en el siglo XX para guardar la energía de nuestro sol y nuestro viento, y cambiar la ley de la factura para que la electricidad barata que nace en España sirva para enriquecer a los españoles.