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Los JETA: un fenómeno transatlántico.

La a-información.

España está culturalmente colonizada por Estados Unidos. Lo está por Hollywood y por su legacy media, a través de los periodistas, mediocres traductores de noticias. El periodismo patrio, afortunadamente ya bastante desacreditado, miente o esparce medias verdades de forma sistemática sobre asuntos que uno mismo puede ver. Es lógico pensar que su manipulación sobre asuntos que nos pillan más lejos (el pasado y el extranjero) es aún mayor.

Un fenómeno recurrente es el de la simplificación de la noticia, y la ausencia de matizaciones posteriores, casi siempre favoreciendo a un paradigma izquierdista. Esto se da también intramuros (una cantidad terrorífica de españoles consideran al 11M culpa de J. Mª. Aznar), cuando una narrativa cobra fuerza en el bullir mediático pero este se apacigua antes de que la corrección pueda popularizarse. Pero es aún más exagerado al cruzar el Charco.

A España trascendió, en 2019, el fotograma que insinuaba que unos estudiantes MAGA, y concretamente un adolescente llamado Nick Sandmann habían vacilado y humillado a un anciano amerindio. Apenas trascendió no obstante la historia completa cuando esta salió a la luz, por la cual los estudiantes eran los que estaban siendo acosados; primero por un grupo de israelitas hebreos negros, y después por el anciano tocando un instrumento. Tras demostrarse la falsedad de las acusaciones, los representantes legales de Sandmann interpusieron demandas judiciales contra los grandes conglomerados mediáticos estadounidenses (incluyendo CNN, The Washington Post y NBC), logrando pactos y compensaciones económicas millonarias por difamación.

Así, todos los medios españoles comunicaron en 2020 la muerte de George Floyd, el afroamericano que fue detenido tras pagar con un billete falso, un drogodependiente que había asaltado a una embarazada a punta de pistola meses atrás. El único mensaje que realmente trascendió es que había sido asesinado por un policía ‘racista’, llevando incluso a una manifestación en la Puerta del Sol por el presunto homicidio de un criminal de bajo estatus en Minnesota, en un contexto de cuarentena severa. A los medios españoles no trascendió sin embargo las salientes informaciones que, como mínimo, matizaban la responsabilidad de Derek Chauvin en el fallecimiento de Floyd. Principalmente, sus precondiciones significativas, cardíacas como su cardiopatía arteriosclerótica severa y cardiomegalia, o la presencia en su sangre de fentanilo en cantidades muy superiores a la media capaz de matar de sobredosis a una persona sin historial de consumo.

Llegaron algunas, pocas, noticias de un atropello masivo en Waukesha, Winsconsin, en 2021, que mató a 6 personas blancas e hirió a 62, mayoritariamente católicos; pero absolutamente nada de la motivación o ideología del afroamericano que atropelló a la multitud de forma intencionada. Resulta que las redes sociales de Darrell Brooks mostraban un exacerbado aunque no poco común odio a los blancos, afinidad a los ya mencionados israelitas hebreos negros y apoyo al Black Lives Matter. Un activista del BLM vinculó directamente este incidente con la absolución de Kyle Rittenhouse, sucedida dos días antes, afirmando que «una revolución había comenzado».

A España trascendió que un ‘loco’ había matado a una chica en un tren de Estados Unidos en septiembre del año pasado, pero no que el afroamericano en cuestión había estado motivado por odio racial, como prueba que atacara a la única persona blanca del vagón y después mascullara She called me a nigger. Este hecho fundamental no consta en un sólo medio español.

A España ha trascendido el caso de Jason Arday, pero no en la versión verídica de un fraude académico profesional cayendo en desgracia y suicidándose, si no la de un profesor ‘racista’, Nathan Cofnas, acosándole hasta el suicidio.

Podría continuar poniendo ejemplos, pero creo que se capta la idea.

Como habrán percibido, la mayor parte de la confusión al respecto de estos hechos no proviene tanto de una desinformación intencional por parte de los medios, que también, si no de una a-información del español propia de las limitaciones lingüísticas y culturales. Casos en los que, de tener acceso a más información sobre el suceso, la idea formada por el espectador sería distinta.

El buitre era Mari Carmen

Un caso que me resulta paradigmático de este fenómeno a-informativo es el revuelo respecto a Mari Carmen, la anciana recientemente desahuciada en Madrid. El relato que ha calado, de forma bastante transversal, en toda la sociedad española, ha sido que «una abuelita que vivía en un piso de Madrid a la que compró la casa un fondo buitre y subió el precio», se entiende que sin motivo aparente más allá de «especular». A primera oída, nadie del espectro político recibe con indiferencia la noticia de que una anciana de la edad de mis abuelas se vaya a «quedar en la calle» por culpa de la situación de la vivienda, peor si es por culpa de un fondo buitre de esos que nadie sabe definir.

Es una vez indaga en el caso que uno se acaba formando una idea radicalmente opuesta a la lacrimosidad del mainstream. Es cierto que los jóvenes somos conscientes, o deberíamos serlo, de que el grupo de españoles afectados con muchísima diferencia por la cuestión de la vivienda no son nuestros padres o abuelos, si no los zoomers y millenials, con unas perspectivas habitacionales de futuro holgadamente peores que las de las generaciones que nos preceden. Pero es que Maricarmen representa el ejemplo más paradigmático que yo jamás haya escuchado de una persona privilegiada por la legislación franquista que ha tenido acceso a unas oportunidades por las que todos los jóvenes antifranquistas que se manifiestan por ella jamás podrían soñar. Es posiblemente el peor símbolo que podrían haber elegido, el más claro ejemplo de la gerontocracia reinante en España.

Maricarmen vivió de los 17 a los 68 años con sus padres, aun trabajando con un buen puesto de funcionaria, hasta que su madre falleció en 2005. El piso ya se llevaba medio siglo pagando por un alquiler completamente desfasado de renta antigua, gracias a la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1964. Afortunadamente la ley solo permite permanecer de forma indefinida al titular original y a quien se subroga en primer lugar. Esa primera subrogación correspondió a su madre tras el fallecimiento del padre. La de Maricarmen fue la segunda y esta solo daba derecho a dos años, salvo que existiera una discapacidad superior al 65 %, circunstancia que ella no cumple, aunque hayan tratado de dar a entender así mediante una performática silla de ruedas. Desde entonces ha estado cobrando una pensión que a día de hoy asciende a unos 2000€ en 12 pagas. No ha tenido descendencia. El alquiler del piso de 92 m2 en pleno barrio de Retiro apenas rebasaba los 200€, ascendiendo a tan solo 440€ tras gastos. Un piso que, a precio de mercado, vale 3000€ al mes, mucho más que los 1650€ mensuales que le pedían los propietarios.

Todo hijo de vecino sabe que estas son unas condiciones privilegiadísimas que, puestas juntas, harían a una persona con algo de mente financiera de oro. En España no es posible alquilar ningún un piso por 200€ al mes; en la CAM no es posible alquilar piso alguno por 440€. Ese sería un precio excelente para una habitación de un barrio de periferia o área metropolitana. Somos los jóvenes desposeídos, la generación caracol, las verdaderas víctimas de la situación habitacional en las grandes ciudades de España.

Antes de la entrada de Urbagestión, una pequeña empresa, no un «fondo buitre» (lo que ha llevado a la ministra de Vivienda, Elma Sainz, a denominarla «pyme buitre», pese a que tiene tres veces menos viviendas que ella), la titularidad pertenecía a una familia. Se trataba de unos propietarios asfixiados tanto por el Estado como por esta exfuncionaria, empeñada en residir en solitario en una vivienda de 90 metros cuadrados con una renta de posguerra. Perdiendo dinero mes tras mes y devorada por el IBI y las continuas derramas, la familia, frente a la cerrazón y el egoísmo inflexible de Mari Carmen, terminó por malvender su inmueble. Ese casero ha hablado duramente contra Maricarmen: «Maricarmen era insoportable, retorcida, le molestaban los niños, el ruido, la calefacción, todo». Parece que la propia Urbagestión no se está haciendo de oro precisamente, como nos cuentan en una entrevista en OkDiario. Además, la empresa de 7 empleados, propietaria de un único piso, ha sido acosada, recibiendo los jefes y sus familias amenazas de muerte. El delirio ha llegado al extremo de incluir sus nombres completos en una placa a pie de calle: «Aquí fue desahuciada Maricarmen, de 87 años, vecina de esta casa desde 1955, gracias a Ricardo Alonso Fernández y a Fernando Alonso Fuentes, dueños de Urbagestión, el día 23 de septiembre de 2026»,

Pese a que un servidor comenzó a aproximarse a esta historia de forma desapasionada, y desprejuiciada, el cúmulo de información en contra de Mari Carmen ha resultado aplastante, y la conclusión, ineludible: Mari Carmen es el buitre. Pero ha seguido saliendo información que sella aún más el caso:

Un primo de Mari Carmen le había ofrecido su casa en Segovia para que se quedara, pero ella se negaba. También había rechazado la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento de Madrid. Urbagestión le había ofrecido venderle el piso por el precio de compra en 2020€, 240.000€, mucho menor al actual, que se va acercando al millón de euros. Finalmente, y gracias a la mediación y contribución del ayuntamiento de Madrid (es decir, de los que pagamos impuestos al ayuntamiento) al final Maricarmen volverá a su piso, pagando 500€ al mes.

Y la imagen de una abuelita lastimera que no tenía dónde caerse muerta también se ha derrumbado. Algunos se preguntaban ¿cómo puede ser que ni un vecino haya salido a defenderla? La respuesta nos la da un reportaje del Español, que reúne testimonios de sus vecinos. Cuenta un pastelero «Tenías que ver cómo nos hacía la vida imposible cuando venía a comprar. Llegaba diciendo que era funcionaria y que ella podía hacer lo que quisiera y dejar compras a deber, como si por ser funcionaria tuviese una autoridad especial sobre mis padres». Otra vecina, que recuerda que era funcionaria, que vivía con sus padres y que, según su percepción, «tuvo años para ahorrar»:

«Este barrio ha sido siempre caro, pero aquí ha habido pisos de 40 metros cuadrados, como el mío, de 60, de 90 y de 100, y cada uno ha vivido como ha podido. Si quieres vivir aquí, tienes que pagar lo que hemos pagado todas»; «Todas nosotras lo hemos hecho poquito a poco: hipotecarnos y no irnos de vacaciones todos los fines de semana como ella ¿Y ahora parece que hay que sentir una pena enorme porque una señora quiere seguir viviendo en un barrio que ha sido caro toda la vida?»; «Iba bastante al bingo; y ahora tanta pena, tanto ‘pobre Maricarmen’… Le han ofertado un piso no muy lejos de aquí y no ha aceptado».

Finalmente hemos podido saber que Maricarmen compró un chalet en la sierra madrileña, Collado Medio (al lado de Galapagar), en el cual residió temporalmente, que le acabó siendo embargado por impago de su hipoteca a principios de los 2000.

La conclusión, indiferentemente de la sensibilidad política de uno, es a mi parecer evidente: esta mujer es una jeta. Es como si a Paco Sanz se le hubiera decidido elevar a condición de símbolo de los ninis, sabiendo todos los detalles de su estafa. «¡El piso en el Retiro me fue prometido hace 80 años!».

Por ende, es de asumir que el posicionamiento de la mayor parte del público español con la fenicia señora se debe a, como introducíamos al comienzo del artículo, la a-información, puesto que al ir al mínimo detalle, resulta insostenible defender a tal sujeto.

Esto me ha llevado a, en conexión con otros casos recientes, confirmar con claridad que una de las características intrínsecas de la posmodernidad es la intencional emancipación de toda noción de responsabilidad. Esto es por supuesto transversal a toda la población, pero toma un talante histérico y generalizado en cuanto a la actitud de la sociedad frente a las mujeres, a las que se les pretende mantener en un perenne estado de infantilización. No se me confunda: no estoy culpando necesariamente a las mujeres de este desastroso fenómeno, si no señalándolo como uno de los males de la posmodernidad que una serie de individuas han explotado a su favor, empujadas quizá por el sistema, aparte de un morro fácil de pisar. Esto me ha llevado a acuñar el acrónimo JETA: Jactanciosa Evasión de Toda Autocrítica. Aún está en revisión. La esencia del fenómeno radica no ya en la emancipación de las responsabilidad, si no en la imposición de una narrativa de simbolismo e incluso heroicidad al que participa de este onanismo infantil. Sin pretender en este artículo abrir melones con merecida crítica (el caso de la Manada en España, el movimiento MeToo en Estados Unidos), podemos señalar en la última década el desarrollo de esta dinámica por la cual, para emanciparse la mujer de unas acciones en las que ha participado de forma consentida, pero cuyo recuerdo causan gran pudor, es elevada a categoría de víctima por ella y/o otras mujeres. Esto es enormemente problemático porque para que exista una víctima, casi siempre hace falta un victimario. No ya partícipe de una sexualidad cuestionable o poco ética, si no del que (dígase lo que se nos diga sobre una «Cultura de la Violación» que es alienígena a Occidente) consideramos unánimemente como el peor crimen conocido al varón.

Es fácil por parte de la sociedad dejar caer en la miseria a estos varones, que, si no violadores, sí nos resultan desagradables: el depredador de Harvey Weinstein, los crápulas ladrones de la Manada de 2017; el ‘cuñado’ de Rubiales.

Pero no nos engañemos. Este no es un fenómeno inocuo. Primero de todo, porque imbuye a las mujeres de un sentimiento de sororidad contra los hombres y paranoia (recuerden las famosas estadísticas de que una de cada tres mujeres serán abusadas sexualmente en las universidades de Estados Unidos) que quiebra la sociedad; segundo, porque crea un clima jurídico e ideológico contrario al varón (más allá de las sentencias judiciales determinadas por la presión popular, recuérdense las alrededor de 500 leyes que discriminan al varón en España); y tercero, porque resulta en el señalamiento y defenestración de gente inocente.

Quizá el lector conozca el caso de Lindsey Clancy, una madre que hace un año estranguló hasta la muerte a sus tres hijos, de entre 8 meses y 8 años, con una correa deportiva, tras pedirle a su marido que saliera a hacer la compra. Lo que quizá no sepa es que, en el contexto de su primer juicio hace un par de meses, comenzó en Estados Unidos una histeria femenina colectiva que llevaba a las mujeres a, por algún motivo, solidarizarse con Lindsay Clancy. No es sólo que pidieran su absolución por problemas mentales, usando la psicosis posparto como el comodín, si no que se generalizaron las teorías por las cuales Lindsey no habría matado a sus hijos en absoluto, habiendo sido falsamente acusada. No poco populares fueron las teorías de las mujeres obsesionadas con el True Crime que vinculaban las voces masculinas que Lindsey Clancy escuchaba en su cabeza a las de su marido, al cual el creciente fandom de Clancy comenzó a desarrollar un odio voraz, acusándole a él del asesinato. Llegó a tal punto que centenares de mujeres blancas se llegaron a concentrar en los exteriores de los juzgados, y recaudaron nada menos que un millón de dólares en su apoyo, en un GoFundMe destinado a los padres. El jurado, de mayoría femenina, votó aplastantemente en contra de condenarla a prisión, con la excepción de un hombre negro de origen haitiano, cuya identidad fue rápidamente desvelada contra su voluntad en un contubernio de medios de comunicación, la defensa de Clancy, y varias miembros del jurado que ofrecieron entrevistas criticándole ferozmente.

Fuera como fuera el relato (a) no lo había hecho, b) psicopis postparto o c) los niños se lo merecían un poquito), todos convergían en la misma conclusión: Lindsey Clancy no era responsable en última instancia de sus actos.

Un servidor atribuyó inicialmente esta histeria colectiva al carácter con frecuencia extremo y conspiranoico de los yanquis. Admito sentir alivio cuando este debate no fue importado desde Estados Unidos…hasta que lo fue. Por la influencer Abby, que defendió la «presunción de inocencia» de Lindsay Clancy, y la influencer y periodista Tania Llasera, que dijo sentir empatía por ella. Afortunadamente, no fue a mucho más y ambas recibieron bastante más críticas que apoyo.

Los 7 de Cornell son inocentes

El ejemplo más flagrante y revelador de esta histeria acaba de estallar con el escarnio público en torno a los conocidos como «los siete de Cornell». La maquinaria propagandística repitió al unísono una consigna sensacionalista: siete miembros de la fraternidad Chi Phi habrían narcotizado a una compañera de estudios, identificada ante los tribunales con el seudónimo de Jane Doe —y en redes sociales con el nombre de Lucy Craig—, para someterla a una violación grupal ininterrumpida durante siete horas.

Bastaba rascar un poco la superficie de este relato prefabricado para ver el abismo entre la consigna militante y los autos. El 28 de septiembre de 2026, el fiscal del condado de Tompkins, Matthew Van Houten, difundió un comunicado oficial para calmar las protestas y amenazas contra su sede después de negarse a procesar a los estudiantes. Lo que ese documento reveló echa por tierra la fábula mediática: en noviembre de 2024, la propia denunciante prestó ante la policía universitaria una declaración jurada de seis folios mecanografiados, con más de veinte correcciones a mano y firmada bajo advertencia de perjurio. En aquel testimonio, Lucy Craig no denunció en ningún momento haber sido narcotizada contra su voluntad ni haber sufrido una agresión multitudinaria. Al contrario: describió su consumo de estupefacientes y su actividad sexual como actos voluntarios, lúcidos y plenamente consentidos.

La reconstrucción de aquella velada en la sede de Chi Phi dista, y cómicamente, del libreto melodramático. Lucy Craig caminó por su propio pie una milla desde Lot 10 hacia la fraternidad para reunirse con Matthew Ingalls. Ella misma situó su embriaguez en un moderado 5 sobre 10 al llegar. Tras compartir una cerveza y bailar un rato, Ingalls le propuso un trío con otro miembro de la fraternidad, Johnathan Newell. No hubo resistencia alguna: la joven aceptó, atraída por Ingalls y movida por la curiosidad, e incluso celebró la idea, al suponer erróneamente que ambos eran homosexuales. El encuentro tuvo lugar en un dormitorio. Cuando Ingalls perdió la erección y se quedó dormido, fue ella quien pidió parar para ver cómo estaba su compañero, y Newell accedió al instante. Mientras este último tenía náuseas, Craig lo consoló dándole palmadas en la espalda y alternó esas atenciones con cuidados al durmiente.

Poco después llamó a la puerta Winston Lee, y la propia Craig le dejó pasar, porque aquella era su habitación. Tras saludarse, empezaron un segundo trío con Newell. Cuando Ingalls despertó y sugirió ampliar el encuentro a un cuarteto, la joven se negó con un tajante «¡Ni hablar!» («Hell No») para evitar prácticas anales, y todos respetaron esa negativa sin la menor objeción. Cuando otros miembros entraron en la estancia, Craig se cubrió con las sábanas. Diego Sarabia intentó besarla de improviso, pero ella apartó la cara y el contacto cesó de inmediato. En ese ambiente de excesos etílicos, Newell vertió ketamina sobre su miembro erecto; la joven la inhaló voluntariamente y después consintió, con un explícito «Claro» («Sure»), que otros aspiraran estupefacientes esparcidos sobre su cuerpo. Lee y otro compañero intervinieron finalmente para poner fin a aquel desorden. No hubo ningún desenlace forzado: Craig subió por su propia voluntad con Ingalls a una habitación de arriba para tener otro trío, que se prolongó hacia el amanecer; a las 5:45 de la madrugada, al decir ella que estaba cansada y quería quedarse a dormir, los varones interrumpieron de inmediato cualquier contacto.

Nada de una violación grupal durante siete horas.

El razonamiento del fiscal Van Houten fue concluyente: según la sección 130.05 del Código Penal de Nueva York, imputar un delito sexual exige acreditar la falta de consentimiento, y aquí no hubo coacción física, ni suministro involuntario de narcóticos que doblegara su voluntad, ni inconsciencia. Además, cada vez que la mujer puso un límite o mostró rechazo, ellos se detuvieron sin demora. No había elementos para sostener una acusación criminal.

¿Qué convirtió entonces una noche de desenfreno consentido en una demanda multimillonaria ante el Tribunal Supremo de Nueva York, dos años después? La clave está en los mensajes privados posteriores a los hechos. Esos mensajes no reflejan aflicción ni queja alguna: Doe escribía con cariño a los de Chi Phi, dándoles las gracias por el trato («thank u i really appreciate that <3») y prometiendo llevar sus pitillos a la cita del día siguiente («i’ll bring my cigs tomorrow»). El detonante real llegó cuando el presidente de la fraternidad la llamó por teléfono para retirarle la invitación a la fiesta de Halloween. Despechada por la exclusión, la joven reaccionó por escrito: «Sabía que esto sucedería… La mujer siempre lleva las de perder. No sois mis amigos; únicamente cubrís vuestras espaldas». Tuvieron que pasar veintiún días antes de que decidiera acudir a la policía a reformular lo vivido. En mensajes posteriores a Ingalls, la propia Craig admitió que «nada de lo sexual fue ilegal», confesó haber disfrutado con él e incluso le propuso compartir de nuevo veladas a solas, sin narcóticos y sin los «otros cinco mil millones de hombres».

El linchamiento resulta aún más repugnante si se mira la situación de los acusados. Dos de los estudiantes anglosajones, Scott Norris y Scott Kretzschmar, no participaron en contacto carnal alguno: se limitaron a asomarse a la estancia, vieron que se desarrollaba un trío entre adultos lúcidos y comunicativos, y se marcharon. Eso fue todo. Pese a ello, sus nombres y fotografías se difundieron en medios digitales de todo el mundo bajo el sambenito de «violadores». Entre los demás presentes, individuos de extracción hispanamericana o afroamericana pudieron comportarse con tosquedad o descortesía, como Sarabia al intentar besarla de improviso, o Newell con el mensaje jocoso de «free pussy» dentro del grupo de mensajería de la fraternidad; pero la evidencia testimonial desmiente con rotundidad la fábula de la violación multitudinaria de siete horas. Más revelador es el testimonio de Gillio Lopes ante los inspectores: declaró que fue la propia Craig quien inició contactos sexuales no consentidos hacia él, y que le causó tanta incomodidad y bochorno que decidió abandonar la casa a las dos de la madrugada para ir a un local de comida rápida con otros amigos. De aplicarse con el mismo rigor el dogma feminista según el cual la ingesta etílica invalida el consentimiento, la agresora de aquella velada bien podría ser ella, dado que varios de los varones estaban en un estado de sopor etílico bastante más profundo que el suyo. No hay duda alguna: Lucy Craig es una JETA.

Este episodio deja al descubierto la dañina hipocresía del feminismo hegemónico. Como advierte Camille Paglia, las mujeres educadas en el confort burgués posterior a 1945 han crecido con la candorosa ilusión de que el orden cívico es la condición natural del cosmos, y de que sus prerrogativas legales son un amuleto que las protege en cualquier dormitorio durante una fiesta desmadrada. Ignoran que la civilización reglada es apenas un breve paréntesis entre siglos de pulsión descarnada, en los que la contención emanaba…del orden patriarcal. La ironía es que aquello que denuestan es precisamente lo que las preserva del caos. Tratar a las mujeres como adultas exige hacerlas responsables de sus decisiones. Como resumía Shoe0nhead en redes: «Las mujeres nunca pueden responder por sus actos. Lo mismo da estrangular a tres hijos a sangre fría que una orgía de ketamina. Simplemente son tiernas criaturas desvalidas en el bosque, víctimas perpetuas del universo».

A la misma conclusión llegaba Matt Walsh al diagnosticar cómo el progresismo, tras dinamitar todo código moral sobre la sexualidad humana, erigió el consentimiento en único baremo admisible. El problema es que un acto carnal puede resultar desagradable, durante o después, aun siendo estrictamente consentido. Cuando una mujer sufre la resaca del pudor y la culpa tras una orgía grotesca, no tiene el andamiaje moral necesario para procesar su propia degradación. Convencida de que lo consentido no admite reproche ético, concluye que todo lo que le da vergüenza (y, deduciblemente, por lo que es señalada (slut-shaming) por otras mujeres de su universidad), debió de ocurrir sin su aquiescencia. El remordimiento se convierte al instante en violación. Y las mujeres nunca mienten sobre estas cosas, porque así se decidió hace una década o algo.

Afrontémoslo, la masa femenina ha recibido las olas feministas impulsadas por unas ‘élites’ lesbianas, que yo considero más coherentes, de forma selectiva e interesada, como es normal. Han efectuado un cierto cherrypicking por el cual, en la práctica se permite a las mujeres tener los mismos derechos que los hombres, mas conservando los privilegios y protecciones que las mujeres han disfrutado tradicionalmente. La hembra de Schrodringër, con agencia y libre albedrío y sin nada de ello a la vez. No es casualidad que a día de hoy el aborto sea usado como método anticonceptivo, pese a la relativamente fácil prevención del embarazo indeseado.

Considero importante señalar que en este caso la histeria colectiva, bajo el pseudomovimiento «I am Jane Doe» ha sido algo más importado a España, donde ni medios de comunicación ni voces con plataforma han propuesto perspectivas disidentes sobre este caso. Dado el momento histórico, sin embargo, considero necesario señalar que en Estados Unidos la trama fue recibida desde un importante escepticismo por parte de los internautas, siendo ya la imagen de Lucy Craig la de una narcisista infame. Aquí también se puede apreciar el contraste entre las redes sociales en cuanto a contenido político; Tiktok, con más usuarios femeninos, y X, con más usuarios varones.

Llegados a este punto, se preguntarán ¿por qué morir en tal colina? ¿por qué prestar la pluma a unos desconocidos metidos en un vodevil tan decadente? Francamente, por respeto a las víctimas reales de crímenes sexuales. Cuando la entereza del flujo informativo eleva la simple guarrería recíproca a la categoría de delito execrable, reviven la fábula de Pedro y el lobo. Si cualquier disipación etílica coronada por el rencor se rotula como violación, el día en que una mujer sufra un asalto violento, brutal e incuestionable, la sociedad, hastiada de farsas, recibirá su clamor con indiferencia. Precisamente porque la agresión sexual es un atentado monstruoso contra la dignidad de la persona, es un deber inexcusable desmontar esta impostura. Más aún. Lucy Craig es responsable, junto con los periodistas del Cornell Sun, de arruinar la vida de los 7 universitarios. No me resulta absurdo proponer que enfrenten consecuencias legales como responsabilidad de sus actos, del primero al último. ¿Por qué se asume la impunidad del que acusa falsamente de delitos sexuales?

¿Cómo puede ser que todos hayamos visto los rostros de los jóvenes y tengamos acceso a sus nombres desde el minuto 1, pero no hayan recibido un trato semejante las cientos de miles de jóvenes británicas violadas de forma cuasi-sistemática por paquistaníes en Reino Unidos?

En Occidente, existe demasiada demanda de violencia sexual por parte de nativos de clase media y alta en comparación con la oferta real.

En conclusión

Espero haber ilustrado con el femenino fenómeno de los JETA uno de los rasgos principales de una sociedad en decadencia y abocada al abismo: el divorcio absoluto del ego con sus actos. Lucy Craig es la única responsable de cualquier malestar que le haya podido causar lo que sucedió en esa casa. Maricarmen está en una situación privilegiada que tuvo veinte años para prevenir.

No tengo la respuesta respecto a la cuestión femenina, y de hecho comparto el principio de que hay que mantener a hombres y mujeres a distintos estándares. No obstante, comparto la máxima de un amigo que creo que puede ser útil para todo el mundo, indiferentemente de su sexo. Has de hacerte responsable, no sólo de las consecuencias de tus actos, si no de las consecuencias de lo que no es directamente responsabilidad tuya. Y sólo así podrás ser una persona funcional y útil para los demás. Esto no sólo aplica a nivel particular: es como se crean sociedades sanas.